
El Bloomsday significa celebrar todos esos libros que no he leído y sobre los que seguiré faroleando sin que la gente lo note. Después de todo, los literatos, escritores y estudiantes de ciencias sociales de mi generación están tan preocupados por leer “la producción actual” que han descuidado a los clásicos. Mi panorama desolador de las humanidades me enseñó que los estudiantes prefieren La Ciudad Ausente que el Finnegans Wake, el Quixote de Katy Acker que el de Cervantes y se emocionan más con El Ancho Mar de los Sargazos que con Jane Eyre. No es su culpa, pero yo me aprovecho de ellos, con leer tres páginas y una entrada de Wikipedia ya estoy un eslabón arriba en la cadena alimenticia.
Parece que los literatos ignoran que estamos en un país donde nadie lee y, aunque estuviéramos en un país donde la gente lee, ¿a quién le importa? Parte del ser humano se construye con los libros que lee, pero el mundo se construye con los libros que la gente no lee.
Recordé aquella película de Woody Allen donde el protagonista desarrolla una enfermedad por decir que había leído Moby Dick cuando realmente no lo hizo. El sujeto lleva esa necesidad de encajar a niveles patológicos y se transforma según el entorno en el que se encuentre. Lo mismo le sucede a los literatos de mi generación: admiten que han leído un libro que jamás han abierto, después apoyan esa corriente teórica que no conocen, hacen su tesis sobre el tema, se titulan con honores y usan un epígrafe de Dante.

Por eso yo celebro la deslectura. Estoy más orgulloso de los libros que no he leído que de los libros que he leído. Porque, coño, hay que ser honestos: un mueble con todos los libros que no he leído ni leeré se ve más impresionante que un estante con lo que he leído.
Otra anécdota, aquella mujer rica a la que le preguntaron si ya había leído el Dinosaurio de Monterroso y respondió sonriente que “todavía lo estaba leyendo”.
Ante todo, la deslectura es un arte. Me pasé cuatro años de licenciatura con la nariz metida entre libros, no por gusto, sino porque era la única forma de inhalar cocaína en la biblioteca, pero aprendí un par de cosas: como que no es necesario leer un libro para hablar de él, es más ni siquiera es necesario leer un libro para hablar mal del autor. Eso lo hacen muy bien las feminazis. Como aquel sujeto que se jactaba de ser el hombre más feminista de la facultad y odiaba a Salman Rushdie, decía que era inaudito que un autor que había sufrido el trauma colonial y la represión en carne propia se la pasara acostándose con supermodelos. En una borrachera, el feminista admitió jamás haber leído alguna de sus novelas.
A mis alumnos de preparatoria les dije que lo importante era la preparación, no de cuánto habían leído sino de cómo farolear. La técnica es muy sencilla: darle “Random Page” a Wikipedia hasta que aparezca un escritor de nombre raro, leer la biografía, artículos sobre la obra y la trascendencia del autor. Eventualmente podrían comprar uno de sus libros y usarlo para defenderse de los acosadores universitarios ansiosos de sorber el cerebro de los novatos. Yo apliqué esa técnica, hasta la fecha tengo un libro de Iris Murdoch (que ni siquiera he desempaquetado) y me fue útil para espantar a los lectores más avispados de la carrera.

Recordé también a un fan de García Márquez que no leía a Vargas Llosa por el incidente del puñetazo.
Una gran amistad nació porque ninguno de los dos había leído a Lovecraft. Lo admitimos sin avergonzarnos y prometimos que lo leeríamos algún día. Yo lo hice. Mi amiga se murió (o algo así).
A todo esto, pensemos en dos escenas:
En la primera una mujer lee un libro en la cafetería, un sujeto la aborda, la intención es llevarla a la cama, le pregunta por el autor que está leyendo, el sujeto no conoce al autor, entonces le pregunta a la mujer por un autor que él si conoce, cuando ella admite no conocerlo el sujeto se suelta a hablar de lo maravilloso de toda la obra de ese autor. La mujer se aburre y se va.
En la segunda escena, una mujer lee un libro en la cafetería, un sujeto intenta abordarla, la intención es llevarla a la cama, le pregunta por el autor al que lee, ella contesta, el sujeto le pregunta por otro autor, la mujer admite no conocerlo, el sujeto admite que él tampoco lo ha leído. Ambos ríen.
En ningún caso me llevé a la cama a la mujer pero en el segundo tuve una plática amena.
La deslectura siempre será más honesta.
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Y eso es todo lo que tengo que decir al respecto
1 recordatorios de mamacita:
Vaya racionalización dadaísta de la hueva. Joder, qué hipster te viste!
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